La vía Tarradellas, Jordi Amat, La Vanguardia, 15.01.17

La vía Tarradellas

JORDI AMAT
LA VANGUARDIA, 15.01.17

De acuerdo, no es una cifra tan redonda, pero no habría estado mal que la Comissió de Commemoracions del Govern hubiera hecho una excepción. No la ha hecho. Una efeméride no será recordada. El 23 de octubre del 2017 hará 40 años que el presidente Tarradellas aterrizó en Barcelona tras casi 40 años de exilio. Hacía poco más de un mes que el rey Juan Carlos había decretado el restablecimiento de la Generalitat. En el decreto 41/1977 no se hacía mención alguna a la República y sí al carácter secular de la institución de autogobierno. Un año antes de la promulgación de la Constitución, la singularidad catalana era institucionalmente reconocida por el Estado. Asimetría. La operación más audaz de la transición.

La bibliografía sobre el episodio es ­considerable y la última aportación es de Enric Pujol en la biografía por entregas que edita Dau. Afirma el historiador Pujol que la operación Tarradellas, desde la perspectiva catalana, fue “el acto político más impor­tante de la segunda mitad del siglo XX”. Por ello, al rememorar los hechos, valdría la ­pena reflexionar sobre algunas lecciones que se podrían extraer. Antes, sin embargo, hay que blindarse. Si por todas partes es ­frecuente que el pasado se use con intención, a menudo el proceso soberanista ha empu­jado la historia a la reyerta de barriada. En el caso Tarradellas se han intensificado di­námicas de apropiación por parte de un españolismo que ha entroncado con caminos desbrozados hace siglos por el antipujo­lismo. No deja de ser cierto, al tiempo, que a menudo Tarradellas ha sido estigmatizado desde el campo nacionalista presentándolo como un traidor, un caballo de Troya, la marioneta de Madrid.

Usos interesados al margen, el episodio del 77 es aleccionador si se observa en su complejidad. Es un ­poliedro. A veces refleja una carambola estrambótica. Otras parece la estratagema más pragmática para resolver a medio plazo el problema territorial durante una etapa sensiblemente turbulenta. E incluso puede ser visto como una nueva prueba del algodón pasada por el Gobierno Suárez para legitimarse democráticamente. El retorno, sea como sea, fue posible gracias a la existencia de redes sucesivas cuyos hilos fueron recosidos durante épocas diversas. La trama más densa es la transición. Pero para llegar hasta ese momento de aceleración Tarradellas tuvo que ir adaptando su vocación tenaz a circunstancias complejas.

La más dura, la de la pura supervivencia económica. Vivía en el exilio y no tenía otro trabajo que mantener una institución que sólo existía sobre el papel. Más allá de las rentas que pudiera obtener de las tierras de la masía en Francia (hipotecadas más de dos veces), más allá de negociar con su archivo (con la astucia de un trilero), él y su familia dependían del mecenazgo patriótico y esas fuentes de ingresos, diversas e irregulares, fueron languideciendo a lo largo del tiempo. Porque el tiempo pasaba e iba borrando el marco donde su figura institucional tenía un sentido cada vez más difuso. Mientras que casi todos los políticos de su época se fosilizaron durante la larga posguerra, Tarradellas tuvo la obsesión megalómana de no dejarse engullir por la nostalgia del pasado del que provenía. Podría haber quedado arrinconado como una antigualla republicana, pero consiguió no quedar descolgado. Si hacía falta morder, solo como un zorro, perseguía la presa y la atacaba.

El 9 de mayo de 1960 fue recibido por dos funcionarios del Departamento de Estado en Washington. Les dijo, literalmente, que los gobiernos del exilio habían perdido el sentido de la realidad y que él estaba re­forzando los contactos con equipos del ­interior del país. Exageraba, pero no mentía. Desde hacía poco más de medio año­ ­intentaba, con bastante éxito, que orbitase en torno suyo un núcleo de poder catalán en España. Poder intelectual y poder ­económico. No eran catalanistas de carnet ni con honor, según la iglesia de los puros, pero precisamente sus relaciones con el franquismo les permitieron conquistar ­espacios de influencia. Pienso en Josep Pla y Jaume Vicens Vives, en el oligarca Domingo Valls i Taberner o el economista ­Joan Sardà. Gente de mucho peso que formaba un lobby informal lubrificado por el empresario y abogado Manuel Ortínez. En Tarradellas no veían el pasado sino talentos que están entrelazados: una idea del poder y el ejercicio de la autoridad.

“Hace falta que nos acostumbremos a ver las cosas como son y no como nos ­complacería que fueran”, escribía Tar­radellas a Pla antes de partir hacia Wa­shington. Los acuerdos militares con Es­tados Unidos eran los que eran y la preca­riedad económica interior mutaba con el plan de Estabilización. Era en función de este ­contexto que se podía hacer política. I el poder polític o catalán lo quería monopo­lizar él a través de la Generalitat. Emanada de la ­pervivencia de la catalanidad, Tarradellas creía que la institución debía incar­dinarse en el presente, fuera el que fuese, en función de las coordenadas domi­nantes. Por eso era absolutamente necesario tener claras, con tanto realismo como fuera posible, dichas coordenadas, es decir, dotarse de una compo­sición de lugar precisa de quien ostentaba el poder. Poder, autoridad y realismo para negociar. Esta era su vía. No es ­ética, my friend, es política.

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