Mirar los trenes chocar, Antoni Puigverd, La Vanguardia, 6.02.17

Mirar los trenes chocar

ANTONI PUIGVERD
LA VANGUARDIA, 6.02.17

El choque empieza hoy. Con el juicio de Mas los trenes empiezan a tocarse. En Twitter, la retórica independentista sostiene que todos los presidentes de la Generalitat han pasado por el aro de los tribunales españoles: Macià, Companys, Tarradellas, Pujol, Mas. Se olvidan de Maragall y Montilla. Este olvido es una de tantas demostraciones del triunfo ideológico del pujolismo. Que Pujol ahora aparezca como un apestado no significa que su enorme legado haya desaparecido. Son muchas las visiones del catalanismo. Las hay compatibles con España, pero la que ahora triunfa da por hecho que la catalanidad, en España, está condenada a muerte y que sólo sobrevivirá liberándose.

La España autonómica debía permitir la revitalización de la pluralidad cultural y una política fiscal y de infraestructuras que, rompiendo con la lógica única de un Madrid de estilo París, no pusiera trabas al desarrollo de otros ejes como el catalán. Pero ese intento (perjudicado desde el 23-F y destrozado por Aznar) se fue al garete con la sentencia del TC sobre el Estatut. Por consiguiente, también se fue al traste la corriente catalanista que defendía una visión inclusiva y plural de Catalunya y de España. La corriente-puente quedó hundida.

Ahora el pleito enfrenta a dos esencialismos: el catalán, de raíz pujoliana; y el español de matriz castellana que considera anómalo todo aquello que no responda a una visión tradicional de España regada por dos dictaduras. Una visión que ahora, ciertamente, viene edulcorada con grandes dosis de liberalismo (un liberalismo más retórico que fehaciente, ya que da cobertura a un capitalismo que no se sostendría sin el apoyo del estado). Un liberalismo que usa sin complejos todos los recursos del Estado para impedir el reparto del poder concentrado en Madrid, así como para bloquear lo que más beneficios aporta a Alemania: la competencia y la corresponsabilidad entre länder.

Estas dos corrientes esencialistas buscaban la hegemonía; la tienen. Buscaban derribar los puentes; lo han conseguido. Durante estos últimos años se han dedicado a buscar argumentos denigratorios de la otra parte, a aumentar las miserias del adversario con enormes lupas mediáticas. Era necesario que todos nos posicionáramos a favor o en contra de las mil y una maldades que unos y otros se reprochan (por ejemplo: las triquiñuelas en el sótano del exministro Fernández Díaz o lo que pueda haber de verdad en los discursos del exjuez Vidal). El estrés argumental ha obtenido su beneficio: en la sociedad española nadie duda de que Catalunya está en manos del victimismo, la mafia nacionalista y el egoísmo recalcitrante. De la misma manera que son gran mayoría en Catalunya los que están convencidos de que el Estado pretende hacernos pagar la factura, dejarnos a pan y agua y estrangular nuestra identidad. Este planteamiento lo justifica todo: el recurso obsesivo del PP a la justicia para resolver un pleito que viene de siglos; y la decisión catalana de quemar los barcos legales y avanzar contra viento y marea.

Por supuesto, argumentos de menor peso, mezquinamente partidistas, también han influido en la evolución del conflicto. Por ejemplo: los cambios de camisa de Artur Mas (desde la tecnocracia al independentismo, pasando por la negociación con Zapatero del Estatut que se redactaba en Barcelona); o la instrumentación electoral que el PP ha hecho de la catalanofobia, un sentimiento negativo que, por más que se niegue, está documentado en España desde Quevedo en el siglo XVII.

La posibilidad de buscar una transacción parece imposible cuando los trenes comienzan a chocar. Pero cuando todo esto acabe, habrá que volver a probarlo. No sé en qué condiciones porque, aunque pueda parecer a priori que la desobediencia soberanista encontrará el límite en la fuerza del Estado, no sabemos qué hechos y dinámicas desencadenará durante meses una movilización tenaz y regular similar a la que hoy tendrá Artur Mas.

Los que no creemos que pueda salir nada bueno de un choque de trenes, ¿cómo tenemos que afrontarlo? En primer lugar, colocando el corazón en el congelador, conscientes de que la conflagración tiene un enorme radio de influencia, que a todos puede arrastrar. En segundo lugar, con actitud autocrítica: después de la sentencia del TC en el 2010, los partidarios de la moderación y el diálogo se dedicaron a tocar el violín. Puesto que el vacío en política no existe, los partidarios de la ruptura accedieron a la dirección de los catalanes. Después del choque, la causa de la moderación y el diálogo exigirán mucho más que palabras. Exigirán coraje, constancia y ­claridad. Los violines son para la orquesta. Las ideas, los periódicos y la política se ­hacen con claridad, valentía y determi­nación.

En tercer lugar, debemos tener dis­po­sición hospitalaria. El día después, cuando el paisaje político catalán esté lleno de ­ruinas (inhabilitación, decepciones, fracturas internas, etcétera), habrá que volver a reunir el país en torno a proyectos po­sibles, sin reproches mutuos ni exclusiones. El país no se puede permitir volver a ­perder unas cuantas generaciones de ­golpe.

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