Otro día histórico, Lluís Foix, La Vanguardia, 8.02.17

Otro día histórico

LLUÍS FOIX
LA VANGUARDIA, 8.02.17

Ha transcurrido otro día histórico con masiva presencia en la calle de ciudadanos en favor del proceso hacia la consecución de un Estado propio desvinculado de España. Esta vez la comitiva arrancaba de la Generalitat, con el president Puigdemont a la cabeza, y se dirigía al Tribunal Superior de Justícia de Catalunya, donde se abría el juicio oral contra Artur Mas, Joana Ortega e Irene Rigau.

La calle es de quien la ocupa y mientras se haga de forma pacífica y cívica todos tenemos acceso a ella. No era una manifestación como las de las Diades del 2012 al 2016. Esta vez se acompañaba a un expresidente al máximo tribunal de Catalunya. La presión sobre los magistrados que esperaron media hora hasta que los acusados se dieran baños de masas en puntos emblemáticos de la ciudad era evidente. No recuerdo haber visto a un poder ejecutivo en pleno encabezando una manifestación hasta plantarse en las puertas del máximo órgano del poder judicial. La democracia tiene sus ritos, sus pesos y contrapesos, para que las leyes se apliquen por igual a todos los ciudadanos.

Hemos llegado al punto en que el Gobierno Rajoy sólo actúa con la ley en la mano y la Generalitat intenta astutamente burlar las leyes que se desprenden de la Constitución en un juego absurdo que distancia cada vez más a dos gobiernos que tendrán que acabar entendiéndose o, por lo menos, buscar fórmulas para alcanzar una aproximación sobre mínimos o máximos.

Harían bien todos en leer más libros sobre el viejo contencioso entre Catalunya y España y escuchar a menos tertulianos y leer a menos periodistas de partido. El cierre de cajas de 1899 y el 6 de octubre de 1934 fueron dos choques frontales de Catalunya contra el Estado. No se repetirán porque la historia es un flujo de acontecimientos que no se repiten nunca de forma automática. La ignorancia sobre lo que ya ha ocurrido, el sentimentalismo y las ilusiones no son conceptos al uso en la política anglosajona, que se rige más sobre intereses, derechos y deberes que por ideales de incierta aplicación.

Cuenta Amadeu Hurtado en sus Quaranta anys d’advocat, recordando al historiador Chastenet, que los pueblos hispánicos sólo se preocupan de las cosas públicas cuando llega una gran crisis, una verdad que “el político de nuestra tierra no puede desconocer ni olvidar”. Hurtado vivió en primera persona, como correo y persona intermediaria entre el gobierno Samper y Lluís Companys, los meses anteriores al golpe contra la República ejecutado el 6 de octubre de 1934. Esta crisis tiene que conducir a una solución o, cuando menos, a un acuerdo de mínimos que permita recuperar la convivencia cívica. Tan demócrata es quien es independentista como el que no lo es. Si se llega a celebrar el referéndum no puede hacerse a toda prisa, sin garantías jurídicas, sin un amplio debate social y político, sólo porque el Govern y el grupo que le da apoyo quieren agotar los plazos que precipitadamente se han impuesto. Lo más probable es que se celebren elecciones en el 2017 para obtener un mapa sobre la realidad política catalana después de años vividos bajo el síndrome de las emociones históricas.

El juicio sobre el 9-N terminará esta semana y el tribunal pronunciará la sentencia cuando estime conveniente. Me gustaría que los jueces consideraran todo lo que está en juego y dictaran sentencia exculpatoria por la prudencia que se supone a los más altos magistrados de un país. Pero es difícil aceptar que Artur Mas desconociera las consecuencias que podía tener la desobediencia al Tribunal Constitucional.

A estas alturas de la confrontación de poco sirve que una de las dos partes tenga más o menos razón que la otra. Importa mucho y es imprescindible que la ley sea respetada por todos, entre otras cosas porque es la defensa de los más débiles. A golpes de Constitución no se va a llegar a ninguna parte ni tampoco buscando atajos inexistentes a las leyes.

Decía Javier Pérez Royo en julio del 2010 que “la sentencia del Tribunal Constitucional lo que viene a decir es que esa expresión de voluntad de autogobierno no cabe en la Constitución. A pesar de que se ha seguido paso a paso lo que la Constitución y el Estatuto de autonomía establecen, el resultado es anticonstitucional”. Allí empezó la desafección que advertía el president Montilla.

¿Se puede reconducir la situación? Pienso que sí. No pido cariño mutuo, sino tener en cuenta los intereses compartidos y ganarse la aceptación de la comunidad internacional. Catalunya puede salir muy malparada de esta pugna que el president Mas describió como una lucha entre David y Goliat. Pero España saldría también debilitada de un choque abierto con Catalunya aunque acabara imponiéndose la ley del más fuerte.

Quizás convendría recordar que lo que provoca que el nacionalismo español tenga por principal enemigo el catalanismo político es que defiende una idea alternativa de España, aquella en que, en palabras de Ernest Lluch, nos podamos sentir todos cómodos. La unidad no se conseguirá sin respetar la pluralidad.

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