‘Pocs i malavinguts’, Antón Costas, La Vanguardia, 8.02.17

‘Pocs i malavinguts’

ANTÓN COSTAS
LA VANGUARDIA

Con su proverbial ironía sarcástica, el profesor Fabián Estapé me contó en una ocasión que tenía pensado escribir un libro sobre los catalanes para el que ya tenía el título: Pocs i malavinguts. De vivir, ahora sería un buen momento para hacerlo.

El elevado pluralismo ha sido una característica de la sociedad catalana. Desde la llegada de la democracia, en Catalunya siempre ha habido más partidos con representación parlamentaria que en el resto de España. Ese pluralismo no impidió que a lo largo de las tres últimas décadas dos fuerzas políticas de fuerte raíz nacionalista y catalanista tuviesen la capacidad para gobernar de forma estable desde el centro. Pero ahora, más que de pluralismo, habría que hablar de fragmentación política.

Esta fragmentación interna es la clave de la situación política catalana. Mi percepción es que, en la situación actual, el llamado “problema catalán” es, fundamentalmente, un problema entre catalanes. Si, pongamos por caso, dos tercios de los votantes estuvieran de acuerdo en la independencia como preferencia política, las cosas serían de otra forma. Pero no es así. Las diferencias internas son muy profundas, tanto en cuanto a las preferencias políticas como al método de consulta.

Los resultados de anteriores elecciones, el 9-N y los datos de las encuestas de opinión son coincidentes. Existe un deseo ampliamente mayoritario de cambio y de mejora del autogobierno. Pero a partir de esta coincidencia las divergencias son amplias y profundas. Planteada como un desiderátum, la independencia aboca a un empate. Pero si la opción se abre a matices, una mayoría significativa prefiere la reforma a la ruptura. Y en cuanto al método, la mayoría de la población, por encima de los dos tercios, especialmente los jóvenes, señala que la consulta ha de ser legal y acordada.

Este escenario social plantea dos cuestiones de filosofía política práctica que ningún gobernante debería rehuir. La primera es de tipo moral: ¿en qué circunstancias es aceptable que un gobierno tome decisiones orientadas a sustituir un orden político existente –con sus elementos buenos y malos– por otro nuevo del que se desconocen sus beneficios y sus riesgos? Una decisión de este tipo obligaría a muchos ciudadanos a cambiar por la fuerza sus preferencias y formas de vida. ¿Cuál es el fundamento moral para esa violencia política?

La segunda cuestión es la relativa al método del cambio: ¿qué condiciones legales ha de cumplir la convocatoria de una consulta para decidir el cambio del orden político existente? ¿Cuál tendría que ser el porcentaje mínimo de participación? ¿Cuál es el criterio de mayoría electoral que tener en cuenta para validar los deseos de cambio? ¿Quién ha de votar? En este sentido, la reciente sentencia del Tribunal Constitucional alemán rechazando la demanda de un ciudadano del Estado Libre de Baviera para convocar un referéndum de independencia y señalando que la soberanía es de la nación es una doctrina constitucional europea.

¿Por qué los partidarios de la opción independentista no se han enfrentado hasta ahora estos dos dilemas? Posiblemente porque el independentismo político actual tiene un fuerte componente instrumental. El viraje de Artur Mas a partir del 2013 posiblemente tuvo más que ver con la lucha con ERC por la hegemonía del poder político que con la misma independencia. ¿Hubiese tenido lugar ese viraje si el resultado de las elecciones anticipadas de noviembre del 2012 hubiese sido favorable al gobierno de CiU? Probablemente no.

En cualquier caso, el independentismo está enfrentado a estos dos dilemas desgarradores. Quizá por ello se nota desasosiego moral en muchos de sus parti­darios. Saben que avanzar a través de acciones que quiebren la legalidad democrática y que violenten las preferencias de al menos la mitad de la población aboca al conflicto, a la melancolía y a la frustración.

Desasosiego de los independentistas demócratas; fatiga de los no independentistas. El escenario catalán actual no tiene una salida ni fácil ni rápida. El empate político entre partidarios de la ruptura y de la reforma hace poco probable un cambio brusco de preferencias electorales. En este escenario de bloqueo, hemos de esforzarnos por llevar a cabo una conversación política amistosa con la democracia. Aceptando que el independentismo no es un suflé. Pero aceptando también que el orden político se cambia desde las leyes y con mayorías sociales amplias y estables. Y, ante todo, resistiendo la tentación de desbordar la legalidad con un momentum independentista: un evento que fuerce por la vía de los hechos un punto de ruptura.

La salida a esta situación de empate la irán dando los ciudadanos en elecciones sucesivas. Será lento. Probablemente no veremos cambios electorales radicales. Excepto, quizá, en el campo nacionalista. Aquí los sondeos apuntan a que la batalla fratricida del nacionalismo por la hegemonía del poder político se decanta hacia ERC. Quizá sea el inicio de esa salida.

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