La encrucijada de Artur Mas, Juan-José López Burniol, La Vanguardia, 18.02.17

La encrucijada de Artur Mas

JUAN-JOSÉ LÓPEZ BURNIOL
LA VANGUARDIA, 18.02.17

Toda vida es muy corta si se enmarca en la historia. Corta y, casi siempre, intrascendente e irrelevante. Una persona tiene pocas ocasiones a lo largo de su existencia –si es que las tiene– de atinar con grandes aciertos o cometer grandes errores, y aún menos de tomar decisiones que incidan en la vida de sus semejantes y afecten a su destino. Artur Mas i Gavarró es una excepción a esta regla. El 6 de febrero del 2017 tuvo la oportunidad de adoptar una de estas decisiones susceptibles de convertirse en indiscutibles aciertos o en graves errores, de aquellas que trascienden a la peripecia personal del actor para revestir una trascendencia general. Aquel día Artur Mas compareció ante el tribunal que había de juzgarle por los presuntos delitos de desobediencia y prevaricación cometidos en relación con la consulta del 9-N. Tenía ante sí una doble posibilidad: adoptar una actitud heroica o adoptar una actitud prudente.

Una actitud heroica hubiese sido asumir ante el tribunal tanto la responsabilidad política de aquellos hechos –su iniciativa, diseño e impulso inicial– como toda la respon­sabilidad derivada de la preparación inmediata y ejecución de los mismos tras la prohibición del Tribunal Constitucional, sin eludir las consecuencias de la implícita ruptura de la legalidad española que ello im­plicaba y negando, si se terciaba, la juris­dicción del tribunal juzgador. En cambio, una actitud prudente fue asumir la responsabilidad política y negar cualquier tipo de responsabilidad jurídico-penal adoptando una doble línea de defensa. Primera. No existe prueba de cargo suficiente de algún acto de desobediencia posterior a la providencia del Constitucional, ni consta que los acusados lo impulsaran con posterioridad. Segunda. Aun cuando se probase algún acto de desobediencia, este no constituiría el delito tipificado por el artículo 410 del Código Penal, que requiere “un mandato expreso, concreto y terminante de hacer o no hacer una específica conducta”, ya que –según el informe de la Junta de Fiscales de Catalunya– faltaron en este caso una “orden concreta, precisa y determinada”, así como “un destinatario concreto”.

Artur Mas optó por esta actitud prudente, declinando en los voluntarios la autoría de todos los actos de ejecución de la consulta del 9-N posteriores al 4 de noviembre. Esta decisión es digna de todo el respeto que ­merecen los argumentos de defensa de quien se halla encausado, pero conviene ponderar la razón que impulsó a Artur Mas para adoptarla. La razón de fondo de que Mas no adoptase una actitud heroica de ­ruptura frontal de la legalidad española es –a mi juicio– su convicción de que, en este ­momento, es absolutamente imposible una declaración unilateral de independencia. Y ello por dos motivos. El primero estriba en que, pese a que los independentistas identifican siempre a una parte –ellos– con el todo –Catalunya–, lo cierto es que, en estos momentos, sólo rozan la mitad de la población catalana, lo que implica una división –no fractura– de la ciudadanía en dos parte iguales, disuasoria de toda veleidad secesionista por la vía de los hechos. El segundo motivo radica en la evidente ausencia de un apoyo internacional operativo, pese a los intentos y aproximaciones ensayados sin éxito. No incluyo entre estos motivos el temor a la reacción del Gobierno de España, pues doy por descontado que el desprecio que buena parte de los independentistas exhibe por España como proyecto histórico y entidad política, su desdén por lo español y su minusvaloración de todo lo hispánico son tan grandes, que considera que España es ya “la morta” de la que hablaba Joan Maragall, un cuerpo exangüe incapaz de reacción. Algo que está por ver: quizá “los muertos que vos matáis gozan de buena salud”. Si llega el momento, se verá lo que sea.

En cualquier caso, Artur Mas i Gavarró optó por la prudencia impulsado por la razón dicha y movido también por su conveniencia personal: poderse presentar, si es absuelto, a las próximas elecciones. Estaba legitimado para ello y su decisión –ya se ha dicho– debe respetarse. Pero todo tiene un precio y su opción también lo tiene y grande. Nunca más se le presentará a Artur Mas la oportunidad de asumir el liderazgo heroico de su país, convirtiéndose en un dirigente transversal que encarne, en un momento histórico, el sentir colectivo que aspira a ser dominante. Su apuesta por la prudencia le hace ubicarse dentro de la política normal, en la que será, a partir de ahora, otro actor. Distinguido, pero uno más.

Podría concluirse que Artur Mas es otra víctima del proceso que él tanto ha contribuido a impulsar y que, llegado a su desenlace, choca con la realidad de los hechos. Y es que los hechos son tozudos. Las cosas son lo que son y no lo que quisiéramos que fuesen. Y, por ello, el proceso no puede sobreponerse a sus dos limitaciones congénitas: no ser el independentismo hegemónico en Catalunya y, quizá por ello, no contar con un apoyo internacional decisivo. ¿Puede ser en el futuro de otra manera? Puede ser… o no.

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