Catalunya como trofeo, José Antonio Zarzalejos, La Vanguardia, 19.02.17

Catalunya como trofeo

JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS
LA VANGUARDIA, 19.02.17

Quien no se sienta, primero, concernido por lo que ocurre en Catalunya, y luego, consternado por la naturaleza de los acontecimientos que le afectan y le van a afectar en el futuro inmediato, es un completo irresponsable cívico. Sólo desde la ignorancia de la historia de España y de la propia Catalunya puede entenderse el alto nivel de majestuosa indiferencia que suscita fuera del Principado –y aun dentro de él– la extrema tensión interna que registra su sociedad y, sobre todo, su relación con el conjunto de España. Las encuestas y algunos medios de comunicación están creando un paradigma pernicioso de la cuestión catalana. Nadie, ni los propios impulsores del proceso soberanista, parecen haber reparado en que Catalunya se ha convertido, para las distintas fuerzas políticas, en un trofeo como recompensa de la victoria en una batalla por la hegemonía en el conjunto del país.

Podría sostenerse que Catalunya se ha transformado también en una especie de campo de Agramante, me­táfora de lugar de confusión y desconcierto, en el que toda irresponsabilidad es posible y sobre el que impactan los discursos más insensatos en el peor de los contextos políticos, sea el español, el europeo y el occidental en general. España en lo socioeconómico no acaba de salir de la crisis, está endeudada hasta más allá del cien por cien de su PIB, registra una debilidad recaudatoria que no le permite moderar su déficit público y padece su peor recesión demográfica tras la posterior a la de la Guerra Civil (1936-39). Un escenario –para todos– inquietante.

En Europa, la amenaza de los populismos –en este caso de ultraderecha– nos presenta unos Países Bajos con el ascenso del ultra Geert Wilders, una Francia en la que competirá por su presidencia un outsider como Em­manuel Macron frente a la radical Marine Le Pen y, en Alemania, la extrema derecha, sin posibilidades de gobierno, sí las tiene de mayor presencia institucional. Por bien que se desarrollen esos tres procesos electorales, la idea de una Europa más unida y más sólida no seguirá en progreso sino en recesión, mientras el conservadurismo británico traiciona a la UE con un exit que su primera ministra promete “duro y limpio”. Y si conectamos este panorama con la gestión de Trump, ferviente antieuropeo, llegaremos a la conclusión de que el tirón secesionista en Catalunya y la rebatiña argumental de los par­tidos políticos y el Gobierno sobre qué solución –o no solución– se ofrece a la cuestión, constituyen actitudes temerarias.

El contexto político occidental debería, en consecuencia, urgir a un giro en el tratamiento de este conflicto –dentro y fuera de la propia Catalu­nya– porque tal y como se plantea no tiene salida de buena factura. Jurídicamente, el contexto constitucional en Europa no hace verosímil una ­secesión por más que se hayan producido excepcionales situaciones fácticas legitimadoras. Las democracias francesa y alemana son militantes con cláusulas de intangibilidad sobre su integridad territorial; en el Reino Unido, su Tribunal Supremo acaba de rechazar la competencia de los parlamentos de Escocia e Irlanda del Norte para prestar su consentimiento a la activación de la salida del país de la UE, y el presidente del Parlamento Europeo, Antonio Tajani, declaró el pasado día 9 de febrero en Madrid que “ir contra la Constitución es ir contra la Unión Europea”. El secesionismo no tiene chance en el derecho comparado estandarizado y Catalunya no es Ko­sovo.

Sin embargo, es también inhabitual y contrario a los usos democráticos que sobre un conflicto como el que plantea al Estado una parte de las fuerzas políticas de Catalunya que representa a un porcentaje superior al 40% de su electorado, no se haya iniciado una dinámica de negociación que, sin quebrar los fundamentos constitucionales, trate de encauzar la discrepancia para que desemboque desactivada en un estuario más ancho para Catalunya y más renovador para el conjunto de España, cuya unidad constitucional –entendida en la pluralidad de la Carta Magna– ha de ser una línea roja. Como esa interlocución no se ha producido, seguimos en un terreno inexplorado. ¿A esa incógnita se refería Mas, de pasada, en su intervención en Madrid el pasado jueves? La judicialización del 9-N (¿delito o performance?) convierte el caso de los catalanes –que es el caso español– en una rareza en la Europa del 2017 y, cuando se dicte sentencia, sea condenatoria o no, nos introduciremos en un capítulo del constitucionalismo y de la política europea que carece de referencias comparativas.

La reducción de la cuestión a los términos de un pugilato que acabará en Catalunya y en el conjunto de España en unas elecciones catalanas y legislativas, en tiempos diferentes pero muy concatenados, invita a los actores políticos a la confrontación mucho más que al riesgo del entendimiento. Los congresos del pasado fin de semana –del PP y de Podemos– reiteraron que el modelo territorial sigue siendo la manzana de la discordia en nuestro país desde el siglo XIX. Los socialistas, por su parte, ensimismados, esgrimen el modelo federal –que provoca un invencible escepticismo en los morados y rechazo en los azules– mientras el secesionismo no cede y ya ha cundido la firme convicción de que Catalunya ha de ser el gran tour de force de la política española. Necesitaríamos un redivivo y bíblico Salomón que nos enfrentase a igual dilema que al de las madres que disputaban por el mismo hijo.

Entender Catalunya como trofeo –sea por los secesionistas, sea por el Estado– significa infringir al conjunto una herida mortal en su esencia e integridad. Resultaría así que, los unos y los otros, desoyen la orteguiana advertencia de que toda realidad que se desconoce –la catalana y la española– prepara su venganza. Y será tan desagradable y abrupta como los episodios de estos últimos días durante los cuales se ha tomado naturaleza verosímil una supuesta y ma­loliente operación Catalunya .

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