Desde Sitges, con humor…, Juan-José López Burniol, La Vanguardia, 3.06.17

Desde Sitges, con humor…

JUAN-JOSÉ LÓPEZ BURNIOL
LA VANGUARDIA, 3.06.17

Hace años que asisto a las jornadas que el Cercle d’Economia organiza en Sitges. Suelo sentarme en la última silla de la cuarta fila, a la izquierda –según se entra– del local donde se celebran las sesiones. Un lugar que sólo se llena en los momentos álgidos, que permite mirar sin apenas ser visto, cuyos otros ocupantes varían, y que hace posible escapar sin que casi nadie lo advierta. Sólo hay otro asiduo: Jordi Alberich, director general del Cercle, con el que suelo “platicar cuando nos da la regalada gana”, por usar una expresión del excanciller mexicano Jorge Castañeda, ponente este año. Dejo al margen, en este relato, lo sustancial del encuentro –las ponencias económicas–, para incidir en las intervenciones de mayor calado político (presidente y vicepresidente de la Generalitat y presidente del Gobierno central), precedidas por sendas presentaciones a cargo del presidente del Cercle, Juan José Brugera. Este centró sin ambages el “problema catalán” apelando a la necesidad de un diálogo transaccional (con recíprocas y sustanciales concesiones), que impida el anunciado “choque de trenes” en que nos hallamos “embarcados”, y nunca mejor dicho. Una tercera vía objeto de descalificación, como todas, por aquellos que, desde ambos bandos, están en orgullosa y vehemente posesión de su respectiva verdad.

El president Puigdemont se muestra como hombre despierto, con coraje, de buen talante y cordial. Independentista desde siempre. Llegó de rebote a la presidencia y se siente de paso. Esto le da una infrecuente libertad. Tiene claro lo que cree que debe hacer y lo hará, caiga quien caiga. Al fin y al cabo, piensa que esta es la misión histórica que le ha tocado en suerte antes de regresar a Girona. En esta línea, vino a Sitges –para él, territorio comanche–, soltó su discurso y se fue, todo en un tono cortés pero sin concesión alguna ni intentar establecer ningún puente con el auditorio. Sólo se le hizo una pregunta. Aplausos tibios y silencio.

El vicepresidente Junqueras es un caso bien distinto. Está en política para quedarse. Quiere ser presidente de la Generalitat y es posible que lo logre. Es listo y la sap llarga. Hizo un correcto discurso de contenido económico y se mantuvo, en lo político, dentro de la más rígida ­ortodoxia inde­pendentista. Pero, pese a ello, resulta evidente su intento de conectar con el auditorio, de establecer alguna complicidad. Puede lograrlo. Tiene algo de eclesiástico, de cura de Valle-Inclán. Es un personaje complejo.

Y, last but not least, llegó el presidente del Gobierno de España. Mariano Rajoy subió al estrado con paso rápido y un fuerte y singular braceo –con los brazos arqueados y separados del cuerpo–, lo que, lejos de la pausada e impostada solemnidad del paseíllo taurino, confiere a sus andares un aire extraño. Inteligente y toreado en mil plazas. Se las sabe todas. Pero no se mueve ni un ápice de su discurso. Vino a hablar de economía, pero no dudó en responder a las consideraciones políticas del presidente del Cercle. Lo hizo, usando más énfasis del habitual, con razones que yo comparto por entero pero que considero absolu­tamente insuficientes. Porque estoy de acuerdo en que no se puede negociar la celebración de un referéndum que los independentistas ya han decidido celebrar “sí o sí”, limitando la negociación a la fecha, texto de la pregunta y demás requisitos; como también lo estoy en que la llamada ley de transitoriedad es, más aun que un golpe de Estado, un desatino. Por tanto, le entiendo bien cuando dice –lo repitió varias veces– que “ni quiero ni puedo”. Cierto, la actual oferta de los independentistas no es una invitación al diálogo sino un trágala. Pero tan cierto como todo ello es que no se puede afrontar una cuestión política del calado de esta –el mayor problema que tiene planteado España– sin presentar una al­ter­nativa mínimamente articulada, en la que se concreten los puntos que tratar y en los que se está dispuesto a negociar y, por tanto, a transigir: reconocimiento nacional, competencias iden­titarias, financiación, consulta… Pero no lo hizo. Y es él quien debe tomar la iniciativa, porque es él quien tiene, en este ámbito, el máximo poder y, por tanto, la máxima responsabili­dad. La cerrazón de Mariano Rajoy me evoca un texto de Claudio Magris: “La locura de Don Quijote es (…) realista y vidente; mucho más desde luego que la utopía de quien ve solo la fachada de las cosas y la toma por la única e inmutable realidad. Son los Don Quijotes quienes se percatan de que la realidad se cuartea y puede cambiar; los presuntos hombres prácticos (…) siempre creen, hasta el día anterior a su caída, que el muro de Berlín está destinado a durar”.

Así estamos. Unos por otros, y la casa sin barrer. Todo el pescado está vendido. Se aproxima, inexorable, un enfrentamiento de consecuencias imprevisibles pero del que sólo puede anticiparse una consecuencia cierta: no habrá ni vencedores ni vencidos. Todos seremos perdedores. ¿Qué se puede hacer a estas alturas? Sólo una cosa: decirlo. Y añadir, quizá, que Déu hi faci més que nosaltres.

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