¡Dejadme solo!, Juan-José López Burniol, La Vanguardia, 15.07.17

¡Dejadme solo!

JUAN-JOSÉ LÓPEZ BURNIOL
LA VANGUARDIA, 15.07.17

¡Dejadme solo!” es un grito de profunda raigambre taurina. En un momento comprometido de la lidia, cuando el desorden se ha adueñado del coso y el toro campa desquiciado por sus fueros, cuando un sordo murmullo de impaciencia surge creciente de los tendidos, cuando el tiempo parece pesar y la expectación se agosta, entonces se oye a veces la voz imperiosa del diestro que ordena jactancioso a su cuadrilla: “Dejadme solo”. Y es a partir de este momento cuando, después de trastear por bajo al toro, el matador clava los pies en la arena, adelanta parsimonioso la muleta e intenta embeber en ella la embestida siempre incierta de la fiera. Ensaya la faena mil veces soñada.

“¡Dejadme solo!” es un grito de vergüenza torera, de dignidad y de coraje, de entrega y de esperanza, de honradez y buen hacer. Pero sólo es así cuando el torero dispone de los recursos físicos y de la técnica en su arte precisos para enfrentarse con solvencia a un toro. De no ser así, si el torero carece de estos recursos y de esta técnica, su “¡Dejadme solo!” no es más que una mentira y un escarnio, una salida en falso y una ficción, un ademán y un espejismo. En este caso, lo que aguarda al torero una vez agotado su vano y ­fraudulento intento es la chirigota, la rechifla y la burla sangrienta primero, y el olvido misericordioso después, cuando el tiempo que todo lo tapa haya cubierto inexorable su des­vergüenza.

Esto que sucede en el mundo de los toros no es más que una manifestación concreta de un fenómeno general que se da en todos los órdenes de la vida, cuando un dirigente –de la naturaleza que sea– asume el protagonismo y la responsabilidad absoluta de una situación compleja, y adopta decisiones que –a diferencia de las que toma el torero– trascienden de la peripecia personal del protagonista y afectan a la vida, al destino y al patrimonio de terceros. Y es precisamente por esta razón –porque la decisión del líder afecta a terceros– por lo que el “¡Dejadme solo!” ha de fundarse, en este caso, en muy sólidas razones que sólo pueden ser discernidas y ponderadas desde la perspectiva que brindan una cabeza despejada, unos conocimientos y una experiencia suficientes, un talante equilibrado, una explícita voluntad de servicio, un desprendimiento del propio interés y una preocupación sincera por el bienestar general. De no fundarse en estos presupuestos, el “¡Dejadme solo!” del dirigente es una superchería incalificable que, en el fondo, sólo pretende ensalzar el ego del protagonista a quien le importan una higa las consecuencias que su arrebato puede comportar para con sus conciudadanos. En este caso, no hay en su decisión grandeza, sino cálculo; no hay generosidad, sino egoísmo; no hay entrega, sino soberbia; no hay un proyecto colectivo, sino una apuesta personal. No se trata de que haga prevalecer la ética de la convicción por encima de la ética de la responsabilidad, sino de que proyecta el interés personal por encima del general.

Es cierto que todo “¡Dejadme solo!” implica, al menos potencialmente, una cierta voluntad de inmolación personal en aras de un proyecto de largo alcance. Pero la oferta de este sacrificio personal no tiene en todo caso un efecto sanatorio automático del proyecto. Así por ejemplo, en política, esta autoinmolación sólo estará justificada cuando persiga una finalidad proclamada y asumida como positiva por una amplia mayoría de los ciudadanos afectados por ella; pero merecerá ser repudiada cuando, lejos de perseguir un objetivo de este tipo, se limite a reafirmar e imponer un posicionamiento personal, pensando más en la fijación de la propia figura en la historia que en los intereses reales de los ciudadanos.

Hay que desconfiar, por tanto, de los liderazgos mesiánicos, tanto si se autojustifican apelando a su misión ante Dios y ante la historia, como si lo hacen invocando los sacrosantos designios del pueblo de cuyas esencias se consideran depositarios en un momento histórico crucial. Es por ello imprescindible identificar estos liderazgos mesiánicos. ¿Cómo hacerlo? Basta con contemplar su proceder. Cuando un líder dice con palabras o con gestos “¡Dejadme solo!”, hay que evaluar con tiento si adopta de forma sostenida una postura radical y sin matices; si descalifica de manera continuada al adversario, convirtiéndolo en un enemigo que batir; si utiliza habitualmente la exageración y el escarnio; si sus ofertas de diálogo son sinceras o, partiendo de unos presupuestos maximalistas inaceptables por la otra parte, pretende sólo buscar un pretexto para el enfrentamiento; si prescinde de la legalidad en aras de una pretendida democracia; si fuerza las ins­tituciones reconocidas mayoritariamente como cauces para la formación y expresión de la voluntad democrática, a la búsqueda de una difusa voluntad popular ­captada por una cohorte de fieles iniciados; si no muestra, en fin, un explícito espíritu de concordia. Si se dan en un líder algunos de estos rasgos, hay que procurar no dejarlo solo. Es un peligro grave e in­mediato que debe conjurarse. Va en ello la paz civil.

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