El debate de ahora, Miquel Roca Junyent, La Vanguardia, 6.02.18

El debate de ahora

MIQUEL ROCA JUNYENT
LA VANGUARDIA, 6.02.18

Ahora resulta que desear que Catalunya recupere cuanto antes el normal funcionamiento de sus instituciones de autogobierno se llama debilidad. Que las ­medidas que acompañen la aplicación del artículo 155 de la Constitución queden aparcadas y sin efecto, ¿no ha de ser una prioridad para el Parlament de Catalunya? En la difícil situación política que ahora vive Catalunya, la división partidista está haciendo olvidar que la principal responsabilidad de los elegidos el pasado 21-D es asegurar un gobierno estable que pueda, eficazmente, dar respuesta a los problemas de los ciudadanos. Los problemas políticos, pero también los sociales, económicos, culturales, educativos, etcétera.

En la anterior legislatura se sacrificó lo que era lógico por lo que era exigencia sectaria y minoritaria. Ahora, nos volvemos a encontrar ante un impasse que sólo una larga mirada puede ayudar a superar. Las circunstancias son duras, no ayudan a la reflexión serena y facilitan que las emociones ganen el espacio que la política reserva al servicio del interés general. Si se aceptaron las elecciones para salir de la situación existente, no parece tener mucho sentido instalarnos en la misma actitud. Son muchas las voces que cuando apelan a la unidad están diciendo cambiar; cuando se dice generosidad, quiere decir hacerlo diferente; cuando se invoca el “rehacer” o el “coser” quiere decir hacerlo de tal manera que pueda contarse con todo el mundo o, en todo caso, con más gente.

Todos tienen o han de tener derecho a defender su ideología. A creer y proponer lo que estimen más conveniente para el futuro de la sociedad en la que viven. Y este reconocimiento de la diversidad exige que el interés general se sirva integrando esta diversidad. Y, ahora, el interés general pide recuperar las instituciones, asegurar un gobierno de larga duración que se ocupe de la gente, con el acento que cada uno quiera ponerle. Pero que no se olvide del país al que quiere servir. Si se quiere “coser” hay que tener la herramienta del gobierno. Para unos, el Estatut es poco; para otros, ya les va bien. Pero lo que nadie de buena fe puede creer es que el 155 nos pueda servir para hacer nada de positivo de cara al futuro y al bienestar de los ciudadanos. Cuando la interinidad dura mucho tiene el riesgo de enquistarse. Esto sería muy malo para todos; hay muchas carreras que ya se han iniciado en el mundo que nos rodea y si no estamos, cuando queramos o podamos participar, ya no estaremos a tiempo. No es un tópico; es una dramática realidad.

No vale la pena condenar las dudas de las discrepancias en el bloque mayoritario del Parlament. Es señal de responsabilidad y de realismo. La cuestión no es fácil, pero si se acepta que a partir de ahora nada será igual, también debería aceptarse que lo que hay que hacer ha de ser diferente. Volver a hacer lo mismo ya se sabe cómo acaba; conducir de manera diferente las cosas puede ser difícil de proponer, pero muy a menudo los grandes cambios sólo son posibles con un coraje contra corriente. Aceptar la crítica del exceso de entusiasmo abre a veces la puerta de la prudencia exitosa.

La historia avala este coraje. Son muchos los ejemplos y también muchos los que son cercanos, vinculados a nuestra propia historia. Trabajar para el futuro exige no olvidar el presente. Cuando este queda muy tocado por lo que se quiere y se desea para el futuro, normalmente este futuro no llega nunca. Este es el debate de ahora.

Anuncis

El catalanismo tras las elecciones, Fèlix Riera, La Vanguardia, 6.02.18

El catalanismo tras las elecciones

FÈLIX RIERA
LA VANGUARDIA, 6.02.18

Cuando sigue sin resolverse la variable sobre si Catalunya podrá ser gobernada durante los próximos cuatro años, se impone considerar si el catalanismo está capacitado para dar respuesta y apoyo a la gobernabilidad de Catalunya. Es determinante una puesta al día del catalanismo que permita acentuar la urgencia de repensar Catalunya desde la unidad y con capacidad de incidencia en la política del Estado español. Es necesario un catalanismo capaz de convocar y abrir el debate entre el mundo independentista y el constitucionalista centrándose no en la voluntad de ser sino en la voluntad de estar, de formar parte de un proyecto común y discutido con España. La fuerza del catalanismo reside en el hecho singular de que puede observar el referente del liberalismo inglés, que es una actitud compartida por todas las fuerzas políticas, para actuar en la esfera pública y privada. Cuando no incorpora el marco ideológico, el catalanismo se desvela como la forma más común de actuación de los catalanes en defensa de unos intereses, asumiendo que deberán ser deliberados, consensuados y acordados desde una amplia mayoría social. Podríamos argumentar que el catalanismo es un credo definido por un espíritu abierto, emprendedor y cargado de legítimos intereses, en favor de Catalunya, que son trasversales en la sociedad.

Tras las elecciones, el catalanismo debe buscar la unidad en el interior de Catalunya que permita avanzar en el conflicto con el Estado español. Ya sea en forma de congreso o en forma de debate, el catalanismo debería estimular a partidos políticos y a la sociedad civil a ser discutido para ampliar así su lectura, visualizar su valor social y mostrarse como un espacio superador de la política de bloques. Debe ser un catalanismo popular comprometido con la democracia y las libertades; un catalanismo con más páginas por escribir que por defender. Debe ser capaz de que nuestra relación con España se resuelva desde la diversidad y no desde la particularidad identitaria. El catalanismo debe estar dispuesto a desarrollar un proyecto de afirmación que se niegue a ser utilizado de forma partidista y que recupere un viejo principio de su larga vida, que expresó Miquel Caminal en su artículo “El tercer catalanismo”: “La libre voluntad de compartir un proyecto común con España desde el reconocimiento de la libertad e identidad catalana”. La oportuna recuperación de la obra intelectual de Caminal nos advierte de que ha llegado el momento de debatir el catalanismo del siglo XXI.

‘Déjà-vu’, Antoni Puigverd, La Vanguardia, 31.01.18

‘Déjà-vu’

ANTONI PUIGVERD
LA VANGUARDIA, 31.01.18

Después de proclamar teatralmente la república, los diputados sufrieron un ataque de vértigo. Después de tantos años de fantasía, propaganda y manifestaciones, aparecía la política tal como es: desmaquillada y fea. La aventura acababa como el rosario de la aurora. La sensación de tomadura de pelo fue muy intensa. Pero enseguida llegaron las facturas (es decir, los presos, el Tribunal de Cuentas, la fuga a Bélgica), que requirieron de nuevo la disposición valiente del movimiento independentista: había que sacar fuerzas de flaqueza. A continuación, la campaña electoral lo dominó todo con sus hinchadas palabras. Y he aquí que, en el contexto más difícil, con líderes en prisión o en el exilio, bajo una presión mediática atronadora, el independentismo sumaba una nueva mayoría absoluta. Una mayoría que eclipsaba, sin embargo, otro dato espectacular: el gran resultado de Ciudadanos, que apela a la profunda fractura interna.

Con la mayoría en el zurrón, los líderes de la república teatral se sintieron perdonados por los electores. Ya no era necesario explicar por qué el proceso acabó como el rosario de la aurora. La fantasía reaparecía de nuevo, bellamente maquillada. El juez Llarena ha contribuido a ello tratando a los presos con más severidad que si fueran asesinos de ETA. Creyendo que los errores de la república teatral estaban perdonados, Puigdemont, que ganó por sorpresa la competición a ERC, exige ahora un retorno a la presidencia. El legitimismo es el nuevo objetivo del independentismo. Un objetivo más modesto que el de la independencia, pero igualmente imposible, dado que las elecciones no limpian las responsabilidades penales. Al contrario: la forma con que se está gestionando el resultado electoral complica la vertiente judicial del problema. Ciertamente, esta complicación ha obligado al gobierno de Madrid a ser más grosero de lo habitual en la instrumentalización de la justicia. Sabemos que si, años atrás, Rajoy se hubiera dedicado a la política en vez de pasar la patata caliente a los jueces, ahora no estaríamos donde estamos. Pero el PP no necesita maquillaje para instrumentalizar el Estado. En España no pasa nunca nada porque el PSOE, sin Catalunya, no podrá ser nunca más alternativa; y porque si el PP flaquea, Ciudadanos lo sustituirá.

Por todo ello, ahora asistimos a una repetición del proceso. Una repetición intensiva que reproducirá las características ya conocidas: creación de una mística (Puigdemont portador de las esencias), movilizaciones sentimentales, condena moral de tibios y pragmáticos (Torrent sospechoso) y, naturalmente, un contexto policial y judicial asfixiante, que no permite más salidas que la rendición o la ruptura. Esto sólo puede acabar, por consiguiente, de una manera: con una nueva desobediencia (que es lo que ahora reclama el núcleo duro). Más presos, más malestar, más tensión. El “cuanto peor, mejor” no tiene alternativa: ni en Catalunya ni en España.

El conflicto se eterniza. Los antiguos tenían una expresión para definir lo que entre todos hemos hecho: abrir un gran boquete en el barco en el que navegábamos.

Catalanismo y cohesión social, Colectivo Treva i Pau, La Vanguardia, 29.01.18

Catalanismo y cohesión social

COLECTIVO TREVA I PAU
LA VANGUARDIA, 29.01.18

Años ha, en Catalunya miles de familias inmigradas del resto de España eligieron para sus hijos los nombres de Jordi, Núria o Montserrat. Tal comportamiento, inusual desde la perspectiva de la sociología de las migraciones, no fue consecuencia de una inexistente política oficial de acogida (hubo centros de internamiento, devoluciones en caliente, guetización y barraquismo, aparte del desarraigo que toda emigración comporta) sino que obedeció a dos razones principales: la esperanza de conseguir un futuro mejor para sus hijos y la constatación de que el nuevo sentimiento de pertenencia no exigía renunciar a las identidades preexistentes, lo que obviaba cualquier repliegue identitario. Este catalanismo, que concebía Catalunya como una sola sociedad diversa, eliminó toda tentación lerrouxista.

Con sus matices, el catalanismo ha propiciado una elevada cohesión social. Con Catalunya, un sol poble, se han identificado los catalanes de pura cepa, els altres catalans, y los recientes nuevos catalanes. Actualmente, sólo el 4,8% de las personas residentes en Catalunya se consideran “únicamente españolas”. La característica más singular y valiosa del catalanismo es que permite armonizar identidades, lo que le hace especialmente funcional en una sociedad compleja como la nuestra. En este sentido, es más moderno que los nacionalismos no comunitarios, cuya dinámica interna propende a la identidad única. El catalanismo no exige renunciar a otros sentimientos de pertenencia y admite gradaciones y matices. Los datos del Gesop muestran que más del 60% de los ciudadanos de Catalu­nya comparten, en proporción variable, el doble sentimiento de pertenencia, catalán y español, después de unos años en que los intentos de seducción de una y otra identidad han sido manifiestamente dispares. Esos ­datos permiten constatar que más de un ­tercio de los independentistas, y la mayoría de los independentistas sobrevenidos, tienen algún grado de sentimiento de pertenencia español.

El catalanismo es incluyente, con vocación de reconocer en su seno a la totalidad de los ciudadanos de Catalunya que lo deseen. En este sentido, estimula y facilita el sentimiento de pertenencia (que no es nunca susceptible de imposición) y es coherente con valores ­democráticos fundamentales como la concordia, el respeto y la tolerancia. Por ello, tiene carácter transversal, sin distinciones re­levantes en función del origen, la posición socioeconómica o la identificación ideológica. Esta transversalidad se ha reflejado en las diversas opciones: comunistas, socialistas, ­democristianos y liberales han compartido los acuerdos fundamentales surgidos del ­catalanismo. Finalmente, el catalanismo es asertivo, no se define por oposición, no ne­cesita la confrontación para afirmarse. Por ello, no genera ni percibe sistemáticamente intolerancia, resentimiento u hostilidad. Su confianza en sí mismo le capacita para influir en su entorno, en España, en Europa y en el Mediterráneo.

El actual relato hegemónico ha llevado a la sustitución parcial del catalanismo por el nacionalismo, de la senyera por la estelada, hasta el punto de generar una fractura que ha llevado a muchos catalanes –de origen y de adscripción– a sentirse forasteros en su propia casa. De las consecuencias del proceso, las más dolorosas son las sociales pero las más graves son las civiles, la ruptura de la concordia y el debilitamiento de la cohesión social. El nacionalismo independentista ha alterado, de forma unilateral, el pacto social inclusivo del catalanismo, ante la dolorosa y creciente perplejidad de los no independentistas. La discordia se ha instalado en nuestra sociedad, ahora fracturada.

La dinámica de estos años ha modificado la naturaleza del control social: se ha debilitado el control positivo que excluye la xenofobia, la intolerancia, la estigmatización, la falta de respeto al discrepante, la utilización de la mentira… y ha emergido un control negativo que lleva al silencio, a la elusión de ciertos temas, a la acep­tación de ser considerado adepto (aunque no sea el caso), a dar por ­supuesto que los demás lo son. ­Como muestra la experiencia de otros países, habituarnos al exabrupto o a la posverdad (el prefascismo, según Timothy Snyder) es socialmente muy peligroso y arduamente reversible.

Si no se suelda la fractura, estaremos condenados al estancamiento y la irrelevancia. Todos los esfuerzos para construir un solo país habrán sido en vano. Aun así, el catalanismo renacerá con fuerza si los gobernantes de Catalunya escuchan los anhelos de concordia de multitud de conciudadanos, y los de España optan por acogerlos con cordura, respeto e inteligencia. De no ser así, los presuntos patriotas, a uno y otro lado del Ebro, habrán prestado un pésimo servicio a su país y la historia les juzgará con severidad.

Independentismo de gobierno, Kepa Aulestia, La Vanguardia, 23.01.18

Independentismo de gobierno

KEPA AULESTIA
LA VANGUARDIA, 23.01.18

El empeño que el independentismo está poniendo en legitimar y dar sentido a su actuación pasada puede acabar comprometiendo su futuro como opción de gobierno para Catalunya. Cuenta con la mayoría suficiente para hacerse con las instituciones de la Generalitat; pero no está igual de claro que sea capaz de administrarlas. Y no sólo por la vigencia del artículo 155. Este es el problema de fondo que aflora con las discrepancias inconfesadas entre Puigdemont y los otros principales actores del soberanismo secesionista. Forma parte de la política la tendencia a justificar lo que se hizo ayer para así argumentar lo que se va a hacer mañana. Admitir equivocaciones o corregir errores se percibe como un rasgo de debilidad inadmisible; de modo que líderes y organizaciones aplican a diario la ley de la no enmienda. A lo sumo se procede con las consabidas fórmulas retóricas de seguro que habremos cometido algún error y otras análogas, con las que cubrir las apariencias morales de la autocrítica, evitando cualquier consecuencia política. En el caso del independentismo, tras el 27 de octubre fueron elocuentes las reflexiones de algunos líderes sobre la carencia de una mayoría social suficiente favorable a la desconexión, sobre los límites de la unilateralidad o sobre la impaciencia que reflejaba su agenda. Tan elocuentes como la fugacidad de tales reflexiones, en un entorno sometido a tantas y tan diversas presiones que se ve incapaz de ir más allá de salvar su honor, preservando la unidad a cualquier precio.

Hasta el 27 de octubre, el independentismo se había propuesto alcanzar la república catalana ya, de inmediato. Después del 21-D el independentismo no parece en condiciones de precisar su calendario; porque ni los más escépticos pueden postergar públicamente la fecha final, ni los más entusiastas aferrarse a un compromiso a corto plazo. Incluso las reclamaciones de la CUP, de implementar la república, resultan evanescentes si las comparamos con los planes que circulaban antes del 27 de octubre. No es una cuestión baladí, porque mientras la inmediatez de la desconexión y la unilateralidad de la independencia estén latentes en el universo secesionista, las posibilidades de que su mayoría parlamentaria pueda sostener un gobierno eficaz se reducen. Y se reducirían incluso si el Ejecutivo central desactivara el 155. Porque las dificultades con que se topa el independentismo para gobernar tienen que ver con la asunción expresa de la legalidad, con los procedimientos ju­diciales que afectan a algunos de sus dirigentes; pero también con la inestabilidad política que rodea al propio independentismo y con el déficit de credibilidad que ello conlleva en el ámbito económico.

El independentismo está obligado a soltar lastre para convertirse en una opción de gobierno estable; a pesar de los resultados del 21-D, y también por ellos. Porque hasta el propósito de gestar una república catalana requiere más tiempo y más votos que los que maneja el independentismo en su versión unitaria; en su versión emplazada a mostrarse más radical. Otra cosa es que no resulte verosímil –para el propio independentismo– que el tiempo juegue a su favor y le vaya a sumar más adhesiones. Sobre todo porque soltar lastre –judicial, en relación con el Gobierno central y en relación con las otras fuerzas catalanas– supondría el repentino enfriamiento de los ánimos secesionistas; la decepción para mucha gente. Es un precio que, probablemente, el independentismo no podría asumir. Esa es la causa última de las discrepancias en su seno.

La descripción del lastre que arrastra el independentismo es tan ineludible que pone a prueba su cohesión y solvencia a diario. Pone a prueba la existencia misma del independentismo, cuya entereza parece limitarse a la renuncia de cada uno de sus integrantes a explorar vías alternativas junto a las formaciones que se sitúan al otro lado de la brecha. El abismo de separación con el unionismo brinda una sensación de falsa seguridad; de fortaleza inexpugnable. Cuando en realidad se trata de un espacio cercado por las contradicciones propias. Porque son con­tradicciones propias del in­dependentismo las que lo ­lastran. Disyuntivas irresolubles, al parecer, entre so­meterse a la ley o sortearla; entre continuar jugando al gato y al ratón o asegurarse el gobierno de la Generalitat; entre enarbolar la república para cuanto antes o dejarla en suspenso; entre recrear una Catalunya independiente o atenerse a una moratoria explícita. Es la disyuntiva entre un independentismo de gobierno hoy y la promesa de un Estado propio no se sabe para cuándo.

La democracia y la república, Llàtzer Moix, La Vanguardia, 21.01.18

La democracia y la república

LLÀTZER MOIX
LA VANGUARDIA, 21.01.18

Cerca de casa, un vecino ha colgado una pancarta con el lema “Democràcia!”. No es una pancarta de tamaño balcón, sino de tamaño terraza, por lo que ocupa buena parte de la fachada del inmueble. Veo esa pancarta a diario, nada más salir de mi portería. Los días que salgo en modo ingenuo la leo una vez más y me pregunto: ¿en lugar de democràcia! también podría decir igualtat!, no? O educació obligatòria i gratuita! O sanitat universal! O cultura! O pau! Es decir, podría saludar otras conquistas que todos defendemos u otros deseos que todos compartimos. En cambio, los días que salgo con la candidez bajo control sólo pienso: otro cartel suntuario de Òmnium reclamando lo que ya tenemos.

Cuelgan de las fachadas de Catalunya muchos carteles como ese. Òmnium puso en marcha una campaña a tal fin ante el Onze de Setembre. Y debió imprimir mucha propaganda, porque ahora, según anuncia su web, regala camisetas y zurrones con el democrático lema a quienes capten nuevos socios para la entidad. En la Assemblea ­Nacional Catalana (ANC), el otro gran motor del independentismo, son más parti­darios del do it yourself. En su web los fieles pueden descargarse los carteles de turno, imprimirlos a su cargo y acto seguido acatar la siguiente orden: “Empapera el teu poble o barri”. Por ejemplo, con carteles en los que se lea “Som república”. O bien “O república o república”.

Democracia y república son dos conceptos de los que el movimiento soberanista ha tratado de apropiarse, identificándolos con la independencia de Catalunya. Como si fueran lo mismo. Toda persona instruida sabe que la democracia es un sistema de gobierno donde los ciudadanos eligen a los gobernantes. Que la república es un modelo de Estado con un presidente en su cúspide. Y que la independencia es aquí otra cosa: un anhelo compartido el 21-D por el 47,5% de los votantes catalanes. O sea, hoy en día la fusión real –no la propagandística– de estos tres conceptos en uno es sólo virtual.

El independentismo lo ve de otra manera. Porque piensa que al unir su objetivo a conceptos como democracia o república lo enaltece, le da brillo y lo blinda ante reproches. ¿Quién osaría pronunciarse contra la democracia o la república? Por ello, no está dispuesto a soltar dichos conceptos ni a aceptar que el primero, a diferencia del segundo, ya rige hoy tanto en España como en Catalunya; o que el independentismo, por mucho que vocee lo contrario, no siempre honra los valores democráticos ni los republicanos. Por ejemplo, no honró la democracia, sino que la ofendió, cuando se saltó la ley y ninguneó a la oposición del Parlament. Ni honran a la república los políticos de estilo rufianesco o esos llamados comités de defensa republicana que dedican sus esfuerzos a paralizar el país.

El proceso acabó devolviendo a Catalunya de la preindependencia a la preautonomía; es decir, acabó en fracaso. Ha echado a perder la convivencia entre catalanes, ha dañado su economía, ha subvertido el orden de prioridades propio de una sociedad con auténticos valores republicanos, ha triturado el sentido del ridículo así como nuestra imagen internacional, etcétera. Pero la lista de perjudicados no acaba ahí. Entre ellos se cuentan también los propios conceptos de democracia y república, que en manos de la ANC y Òmnium pierden esencias a la misma velocidad que van acumulando rémoras procesistas.

Para los de mi generación, que fue joven en el tardofranquismo, la república era sinónimo de democracia. Franco había derrocado la Segunda República, había arrasado sus libertades e instituciones y las había sustituido por una dictadura. Y aunque la Segunda República española fue un sobresalto –y la antesala de otro sobresalto mayor: la II Guerra Mundial–, la percibíamos también como lo que de hecho fue en su día: un oasis democrático en una historia de España hecha de contrarreformas; un régimen en el que resonaban lejanos ecos de la democracia ateniense, o de la libertad, igualdad y fraternidad republicanas francesas.

Me pregunto qué concepto tiene hoy de la república un adolescente criado en una atmósfera política dominada por la agitprop indepe. Debe verla, quizás, como algo idealizado, identificable con la democracia en general –salvo con la española, que parece decrépita y putrefacta gracias a ciertos gobernantes– y, también, con una Catalunya libre guiada por hombres bondadosos, pacíficos y sin mácula, en la que sería inconcebible nada similar al caso Palau. En la que subirían mucho las pensiones y ataríamos los perros con longanizas. Jauja.

Pero otros, cuando vemos la democracia y la república asociadas a esa idea de ensueño de la independencia, tememos que conceptos tan respetables vayan perdiendo peso por el uso excluyente que parte de la población hace luego de ellos.

El undécimo mandamiento, Juan-José López Burniol, La Vanguardia, 20.01.18

El undécimo mandamiento

JUAN-JOSÉ LÓPEZ BURNIOL
LA VAGUARDIA, 20.10.18

Una misma idea puede expresarse de diversas formas. Así, el Evangelio de san Juan (11, 49-50) dice de un modo dramático: “Entonces Caifás, uno de ellos, sumo sacerdote aquel año, les dijo: vosotros no sabéis nada; ni pensáis que nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca”. Y no le va a la zaga en dramatismo Salvador Espriu cuando amonesta a Sepharad (España para los judíos) diciéndole: “A veces es necesario y forzoso / que un hombre muera por un pueblo, / pero jamás ha de morir todo un pueblo / por un hombre solo: / recuerda siempre esto, Sepharad”. En cambio, un jurista –José González Palomino– adopta un registro humorístico para decir lo mismo a propósito del albacea, aquella persona que el testador nombra en su testamento para que ejecute su última voluntad, pero cuya designación resulta a veces innecesaria o incluso contraproducente por no necesitarlo los herederos para entenderse entre sí; razón por la que Palomino aconseja que, en estos casos, lo mejor que puede hacer el albacea es quitarse de en medio y dejar a los herederos solos, observando así el undécimo mandamiento de la ley de Dios, que es no estorbar. Ya no se trata por tanto de morir, sino simplemente de no dar la lata, de no estorbar. Y, por último, la misma idea la ha expresado concisa y llanamente un político catalán hoy en el dique seco y tal vez en vía de desguace –Artur Mas–, refiriéndola al campo de la política: primero está el país, luego el partido y, por ­último, uno mismo. Se puede decir más alto pero no más claro.

¿En quién estoy pensando al traer a colación tres expresiones de una misma idea? Ustedes lo saben: en Carles Puigdemont Casamajó, expresidente de la Generalitat. Pienso –lo digo de entrada– que no debe postularse como próximo presidente de la Generalitat. Bien sé, al decirlo, que muchos tildarán mi posición de antidemocrática basándose en tres razones: 1) Que le han votado cerca de un millón de catalanes, ya que su candidatura se presentó al solo efecto de que Puigdemont sea president, para dar así continuidad a la situación anterior a la aplicación –abusiva, según este criterio– del artículo 155 de la Constitución. 2) Que la candidatura de Puigdemont es más que previsible que sería votada mayoritariamente en la sesión de investidura. 3) Que no existen impedimentos reglamentarios que no sean superables por una interpretación flexible del Reglamento de la Cámara catalana.

No entro en el debate de estas tres razones, que, por lo que hace a la tercera, es más que discutible. Las doy por buenas a efectos dialécticos. Mi objeción a la candidatura de Puigdemont se plantea en otro terreno: el de la prudencia política. Desde esta perspectiva, entiendo sin sombra de duda que el hecho de que Carles Puigdemont persista en presentar su candidatura es un acto de grave imprudencia política porque, de ser elegido, se perpetuará y agravará la actual situación agónica de la política catalana, con grave detrimento de la paz social y de la estabilidad económica. ¿En qué me fundo? En lo que ha pasado hasta ahora y en una previsión de lo que puede pasar a partir de ahora.

Lo que ha pasado es evidente. Proclamada sin auténtica determinación la República, quedaron claros dos hechos: 1) Que no estaba preparada ninguna estructura de Estado. 2) Que era absolutamente nulo el respaldo internacional, de conformidad con los previos pronunciamientos negativos al respecto, en especial el reiterado de la Unión Europea. Ni tan siquiera se arrió la bandera de España del Palau de la Generalitat; y, el fin de semana siguiente, el Govern de la Generalitat se diluyó por propia iniciativa. Y respecto a lo que pasará si Carles Puigdemont es elegido presidente de la Generalitat, no hay duda de que ­será más de lo mismo. La razón es obvia: la realidad sigue siendo la misma. No hay estructuras de Estado alternativas a las existentes, y sigue siendo nulo el respaldo in­ternacional. Añádase a ello que el Estado ha reaccionado con dureza en defensa propia, habiendo asumido la iniciativa el poder ju­dicial ante la atonía inexplicable del Gobierno central, incapaz durante años de afrontar políticamente el problema y desbordado cuando este ha hecho crisis, lo que hace digno al presidente Rajoy de un futuro estudio clínico por su pasividad, al modo y manera de los que realizó en su día el doctor Marañón de diversas figuras históricas. Total, que lo que no puede ser no puede ser y, además, es impo­sible.

En esta tesitura, previendo el daño grave e irreparable que para Catalunya puede irrogarse si Carles Puigdemont no da un paso atrás, y sin discutir sus razones, es por lo que, apelando al indiscutible amor que él siente por su patria, pienso que puede pedírsele que renuncie a ser candidato, dejando el campo libre a otro político independentista (los independentistas tienen mayoría parlamentaria), que pueda presidir un gobierno estable. La renuncia como forma más alta de amor. Sé que esto suena a bolero, pero es de verdad lo que pienso y, sobre todo, lo que siento.