Democracia consensual, Rafael Jorba, La Vanguardia, 17.02.17

Democracia consensual

RAFAEL JORBA
LA VANGUARDIA, 17.02.17

Rousseau, en su Contrato social, formula una máxima que debería presidir el debate hispano español: cuanto más importantes son las deliberaciones, más debe acercarse a la unanimidad la opinión resultante. Se trata de un principio que es válido tanto en el interior de Catalunya como en las relaciones entre Catalunya y el conjunto de España. Así, de puertas adentro, se ha soslayado este requisito político la apuesta por la independencia, lejos de ser mayoritaria, divide el país en dos mitades y se ha vuelto a situar en el primer plano el instrumento: el llamado derecho a decidir a través de un referéndum.

El problema de fondo es que su resultado nos abocaría de nuevo a un país empatado consigo mismo, como corroboraron las plebiscitarias del 27S del 2015. Es decir, el instrumento que se propone, más allá del pleito con el Estado, no resuelve el pleito interior: la necesidad de articular un proyecto que sume una amplia mayoría de la población (cercana a los dos tercios de diputados que reclama el Estatut para su reforma).

Este ejercicio de democracia consensual es previo a toda consulta. Los políticos tienen la obligación de poner sobre la mesa una propuesta de futuro que sus cite la aprobación de la ciudadanía. La vía referendaria no sólo se banaliza se equipara el derecho a la secesión, que cuestiona el núcleo duro del pacto constitucional, con una consulta doméstica, sino que no es aceptada por los partidos contrarios a la independencia. Dicho de otra manera: antes que el plácet del Estado o, en su defecto, de la comunidad internacional, el requisito previo de todo referéndum es el consentimiento: que sea aceptado por las partes en litigio.

Uno de los actores del proceso resumía la situación en una imagen: “Puigdemont y Junqueras eran los copilotos de un Ferrari que avanzaba a toda velocidad hacia un muro y, de repente, frenaron en seco y retrocedieron a la pantalla anterior la del referéndum para que los comunes de Catalunya Sí que es Pot se subieran al coche”.

De puertas afuera, la política española está también huérfana de democracia consensual. El pasado fin de semana, en el congreso del PP y en la asamblea de Podemos, vimos en los extremos del arco político sendos ejercicios de democracia ritual: un PP que plebiscitaba el tancredismo de Mariano Rajoy mantenerse inmóvil en un pedestal para que no le embista el toro y un Podemos que hacía lo propio con Pablo Iglesias, que se comprometió a no equivocarse “de bando”.

Entre tanto, en espera de que el PSOE resuelva su vacío de poder, la democracia española es incapaz de articular una propuesta de futuro que sirva para renovar el pacto fundacional de la Constitución de 1978: la reforma del Estado en la lógica federal, la renovación del contrato social sobre el modelo de Estado de bienestar y medidas de regeneración democrática. España irá bien y también Catalunya cuando sus líderes políticos hagan este ejercicio de democracia consensual. No saldremos del actual impasse sin una derecha que se atreva a bajar del pedestal y a coger el toro por los cuernos, y sin una izquierda que aparque la dialéctica de los bandos y acepte pactar las bases de un nuevo comienzo.

De la ley a la ley, Juan-José López Burniol, La Vanguardia, 11.02.17

De la ley a la ley

JUAN-JOSÉ LÓPEZ BURNIOL
LA VANGUARDIA, 11.02.17

Tengo asociado el recuerdo del profesor Torcuato Fernández-Miranda a dos anécdotas y a un hecho capital de la reciente historia española. La primera anécdota se produjo en pleno franquismo –en la sesión de Cortes del 6 de noviembre de 1972– cuando le pidieron su opinión, como ministro secretario general del Movimiento, sobre las asociaciones políticas –un sucedáneo de los partidos pergeñado durante el tardofranquismo–, y respondió que tal pregunta era “una trampa saducea”, es decir, una pregunta capciosa que compromete al interrogado responda lo que responda. La segunda anécdota se refiere al conocido como Discurso de las nieblas, que pronunció el 4 de enero de 1974, al cesar como presidente accidental del Gobierno –lo fue durante once días tras el asesinato del almirante Carrero–, en el que, apelando a las nieblas, nubes y brujas propias de su tierra asturiana, denunció las maniobras internas que lo habían descabalgado de la presidencia para encomendársela a un “hombre del Pardo”, Carlos Arias Navarro.

Fernández-Miranda fue de porte frío y distante, inteligente y agudo, de buena formación jurídica y clara conciencia del propio valer, lo que le dotaba de cierta independencia. Con este bagaje protagonizó un episodio capital de nuestra historia política. En efecto, profesor del entonces príncipe Juan Carlos, cultivó su relación con él ganándose su confianza. Tanto es así que reinstaurada la monarquía don Juan Carlos le nombró presidente de las Cortes, desde donde pilotó el episodio inicial y crucial de la transición: la génesis de la ley para la Reforma Política (ley 1/1977, de 4 de enero). Su texto inicial fue entregado por Fernández-Miranda al presidente Suárez el 23 de agosto de 1976 y plasmaba, en su corto articulado, la idea axial de lo que luego se conocería como la transición: que el paso de una dictadura a una democracia debía hacerse “de la ley a la ley”, es decir, sin hacer tabla rasa del régimen jurídico precedente, utilizando plenamente sus mecanismos de reforma, cuidando de que no hubiese ni un atisbo de ruptura institucional y observando como principio máximo el de la continuidad del Estado. Esto significa, ni más ni menos, “de la ley a la ley”.

El proceso que esta ley desencadenó, iniciado con las elecciones de 15 de junio de 1977 y culminado con la Constitución de 1978, podrá valorarse hoy como se quiera: por su gestación, por sus resultados, por sus logros y por sus limitaciones. Podrá incluso añadirse que el motor que lo impulsó no fue otro que el miedo que aún provocaba en los españoles el recuerdo lacerante de la Guerra Civil, una guerra de pobres lenta y atroz. Pero lo cierto es que sirvió para evitar un desgarro y un enfrentamiento más que posibles en aquellas circunstancias. Y como, en derecho, lo que no son efectos es li­teratura –y, además, mala lite­ratura–, puede afirmarse con perspectiva histórica que fue una buena ley. Una ley breve: cinco artículos, tres disposiciones transitorias y una disposición final. Bastaron. La dispo­sición final la uncía al pasado: “La presente ley tendrá rango de Ley Fundamental”, es decir, se integraba en las Leyes Fundamentales franquistas, remedo de una constitución. Y el artículo 3.º abrió la puerta al futuro al disponer que “Cualquier reforma constitucional requerirá la aprobación por la mayoría absoluta de los miembros del Congreso y del Senado”, así como que “el Rey, antes de sancionar una ley de Reforma Constitucional, deberá someter el proyecto a referéndum de la nación”. Lo dicho: de la ley a la ley. Funcionó.

Muy distinto es el caso de aquellos que hablan, en el actual contencioso catalán, de ir también de la ley a la ley mediante la fórmula de una ley de transitoriedad jurídica que sustituya la legalidad española –prescindiendo de ella y contraviniéndola– por una nueva legalidad catalana. Esto no es ir de la ley a la ley sino, lisa y llanamente, hacer tabla rasa de la legalidad vigente mediante un acto revolucionario. Lo que supone prescindir de los cauces institucionales previstos para toda reforma normativa, reconduciendo la segura confrontación con los disidentes al ámbito exclusivo de la fuerza. Una fuerza que, evidentemente, puede encarnarse de muy distintas maneras. Y una confrontación que puede desarrollarse también de muy diversas formas. Pero confrontación por la fuerza en todo caso. Es cierto que con las palabras podemos hacer maravillas y crear, incluso, universos imaginarios de cuya real existencia acabemos convenciéndonos. La imaginación es gratis. Pero las cosas son como son y la realidad acaba imponiéndose. Por ello, cuando se acomete un cambio sustancial del sistema político del que –guste o no– se forma parte prescindiendo del resto de los implicados, el conflicto está servido. Un conflicto que habrá que afrontar exclusivamente con las propias fuerzas. Esperar que la solución venga de fuera es un espejismo o, peor aún, una prueba de debilidad. Además, llegado este momento, los aprendices de brujo callarán y dejarán sin contestar la gran pregunta: ¿creyeron alguna vez en lo que decían?

Otro día histórico, Lluís Foix, La Vanguardia, 8.02.17

Otro día histórico

LLUÍS FOIX
LA VANGUARDIA, 8.02.17

Ha transcurrido otro día histórico con masiva presencia en la calle de ciudadanos en favor del proceso hacia la consecución de un Estado propio desvinculado de España. Esta vez la comitiva arrancaba de la Generalitat, con el president Puigdemont a la cabeza, y se dirigía al Tribunal Superior de Justícia de Catalunya, donde se abría el juicio oral contra Artur Mas, Joana Ortega e Irene Rigau.

La calle es de quien la ocupa y mientras se haga de forma pacífica y cívica todos tenemos acceso a ella. No era una manifestación como las de las Diades del 2012 al 2016. Esta vez se acompañaba a un expresidente al máximo tribunal de Catalunya. La presión sobre los magistrados que esperaron media hora hasta que los acusados se dieran baños de masas en puntos emblemáticos de la ciudad era evidente. No recuerdo haber visto a un poder ejecutivo en pleno encabezando una manifestación hasta plantarse en las puertas del máximo órgano del poder judicial. La democracia tiene sus ritos, sus pesos y contrapesos, para que las leyes se apliquen por igual a todos los ciudadanos.

Hemos llegado al punto en que el Gobierno Rajoy sólo actúa con la ley en la mano y la Generalitat intenta astutamente burlar las leyes que se desprenden de la Constitución en un juego absurdo que distancia cada vez más a dos gobiernos que tendrán que acabar entendiéndose o, por lo menos, buscar fórmulas para alcanzar una aproximación sobre mínimos o máximos.

Harían bien todos en leer más libros sobre el viejo contencioso entre Catalunya y España y escuchar a menos tertulianos y leer a menos periodistas de partido. El cierre de cajas de 1899 y el 6 de octubre de 1934 fueron dos choques frontales de Catalunya contra el Estado. No se repetirán porque la historia es un flujo de acontecimientos que no se repiten nunca de forma automática. La ignorancia sobre lo que ya ha ocurrido, el sentimentalismo y las ilusiones no son conceptos al uso en la política anglosajona, que se rige más sobre intereses, derechos y deberes que por ideales de incierta aplicación.

Cuenta Amadeu Hurtado en sus Quaranta anys d’advocat, recordando al historiador Chastenet, que los pueblos hispánicos sólo se preocupan de las cosas públicas cuando llega una gran crisis, una verdad que “el político de nuestra tierra no puede desconocer ni olvidar”. Hurtado vivió en primera persona, como correo y persona intermediaria entre el gobierno Samper y Lluís Companys, los meses anteriores al golpe contra la República ejecutado el 6 de octubre de 1934. Esta crisis tiene que conducir a una solución o, cuando menos, a un acuerdo de mínimos que permita recuperar la convivencia cívica. Tan demócrata es quien es independentista como el que no lo es. Si se llega a celebrar el referéndum no puede hacerse a toda prisa, sin garantías jurídicas, sin un amplio debate social y político, sólo porque el Govern y el grupo que le da apoyo quieren agotar los plazos que precipitadamente se han impuesto. Lo más probable es que se celebren elecciones en el 2017 para obtener un mapa sobre la realidad política catalana después de años vividos bajo el síndrome de las emociones históricas.

El juicio sobre el 9-N terminará esta semana y el tribunal pronunciará la sentencia cuando estime conveniente. Me gustaría que los jueces consideraran todo lo que está en juego y dictaran sentencia exculpatoria por la prudencia que se supone a los más altos magistrados de un país. Pero es difícil aceptar que Artur Mas desconociera las consecuencias que podía tener la desobediencia al Tribunal Constitucional.

A estas alturas de la confrontación de poco sirve que una de las dos partes tenga más o menos razón que la otra. Importa mucho y es imprescindible que la ley sea respetada por todos, entre otras cosas porque es la defensa de los más débiles. A golpes de Constitución no se va a llegar a ninguna parte ni tampoco buscando atajos inexistentes a las leyes.

Decía Javier Pérez Royo en julio del 2010 que “la sentencia del Tribunal Constitucional lo que viene a decir es que esa expresión de voluntad de autogobierno no cabe en la Constitución. A pesar de que se ha seguido paso a paso lo que la Constitución y el Estatuto de autonomía establecen, el resultado es anticonstitucional”. Allí empezó la desafección que advertía el president Montilla.

¿Se puede reconducir la situación? Pienso que sí. No pido cariño mutuo, sino tener en cuenta los intereses compartidos y ganarse la aceptación de la comunidad internacional. Catalunya puede salir muy malparada de esta pugna que el president Mas describió como una lucha entre David y Goliat. Pero España saldría también debilitada de un choque abierto con Catalunya aunque acabara imponiéndose la ley del más fuerte.

Quizás convendría recordar que lo que provoca que el nacionalismo español tenga por principal enemigo el catalanismo político es que defiende una idea alternativa de España, aquella en que, en palabras de Ernest Lluch, nos podamos sentir todos cómodos. La unidad no se conseguirá sin respetar la pluralidad.

‘Pocs i malavinguts’, Antón Costas, La Vanguardia, 8.02.17

‘Pocs i malavinguts’

ANTÓN COSTAS
LA VANGUARDIA

Con su proverbial ironía sarcástica, el profesor Fabián Estapé me contó en una ocasión que tenía pensado escribir un libro sobre los catalanes para el que ya tenía el título: Pocs i malavinguts. De vivir, ahora sería un buen momento para hacerlo.

El elevado pluralismo ha sido una característica de la sociedad catalana. Desde la llegada de la democracia, en Catalunya siempre ha habido más partidos con representación parlamentaria que en el resto de España. Ese pluralismo no impidió que a lo largo de las tres últimas décadas dos fuerzas políticas de fuerte raíz nacionalista y catalanista tuviesen la capacidad para gobernar de forma estable desde el centro. Pero ahora, más que de pluralismo, habría que hablar de fragmentación política.

Esta fragmentación interna es la clave de la situación política catalana. Mi percepción es que, en la situación actual, el llamado “problema catalán” es, fundamentalmente, un problema entre catalanes. Si, pongamos por caso, dos tercios de los votantes estuvieran de acuerdo en la independencia como preferencia política, las cosas serían de otra forma. Pero no es así. Las diferencias internas son muy profundas, tanto en cuanto a las preferencias políticas como al método de consulta.

Los resultados de anteriores elecciones, el 9-N y los datos de las encuestas de opinión son coincidentes. Existe un deseo ampliamente mayoritario de cambio y de mejora del autogobierno. Pero a partir de esta coincidencia las divergencias son amplias y profundas. Planteada como un desiderátum, la independencia aboca a un empate. Pero si la opción se abre a matices, una mayoría significativa prefiere la reforma a la ruptura. Y en cuanto al método, la mayoría de la población, por encima de los dos tercios, especialmente los jóvenes, señala que la consulta ha de ser legal y acordada.

Este escenario social plantea dos cuestiones de filosofía política práctica que ningún gobernante debería rehuir. La primera es de tipo moral: ¿en qué circunstancias es aceptable que un gobierno tome decisiones orientadas a sustituir un orden político existente –con sus elementos buenos y malos– por otro nuevo del que se desconocen sus beneficios y sus riesgos? Una decisión de este tipo obligaría a muchos ciudadanos a cambiar por la fuerza sus preferencias y formas de vida. ¿Cuál es el fundamento moral para esa violencia política?

La segunda cuestión es la relativa al método del cambio: ¿qué condiciones legales ha de cumplir la convocatoria de una consulta para decidir el cambio del orden político existente? ¿Cuál tendría que ser el porcentaje mínimo de participación? ¿Cuál es el criterio de mayoría electoral que tener en cuenta para validar los deseos de cambio? ¿Quién ha de votar? En este sentido, la reciente sentencia del Tribunal Constitucional alemán rechazando la demanda de un ciudadano del Estado Libre de Baviera para convocar un referéndum de independencia y señalando que la soberanía es de la nación es una doctrina constitucional europea.

¿Por qué los partidarios de la opción independentista no se han enfrentado hasta ahora estos dos dilemas? Posiblemente porque el independentismo político actual tiene un fuerte componente instrumental. El viraje de Artur Mas a partir del 2013 posiblemente tuvo más que ver con la lucha con ERC por la hegemonía del poder político que con la misma independencia. ¿Hubiese tenido lugar ese viraje si el resultado de las elecciones anticipadas de noviembre del 2012 hubiese sido favorable al gobierno de CiU? Probablemente no.

En cualquier caso, el independentismo está enfrentado a estos dos dilemas desgarradores. Quizá por ello se nota desasosiego moral en muchos de sus parti­darios. Saben que avanzar a través de acciones que quiebren la legalidad democrática y que violenten las preferencias de al menos la mitad de la población aboca al conflicto, a la melancolía y a la frustración.

Desasosiego de los independentistas demócratas; fatiga de los no independentistas. El escenario catalán actual no tiene una salida ni fácil ni rápida. El empate político entre partidarios de la ruptura y de la reforma hace poco probable un cambio brusco de preferencias electorales. En este escenario de bloqueo, hemos de esforzarnos por llevar a cabo una conversación política amistosa con la democracia. Aceptando que el independentismo no es un suflé. Pero aceptando también que el orden político se cambia desde las leyes y con mayorías sociales amplias y estables. Y, ante todo, resistiendo la tentación de desbordar la legalidad con un momentum independentista: un evento que fuerce por la vía de los hechos un punto de ruptura.

La salida a esta situación de empate la irán dando los ciudadanos en elecciones sucesivas. Será lento. Probablemente no veremos cambios electorales radicales. Excepto, quizá, en el campo nacionalista. Aquí los sondeos apuntan a que la batalla fratricida del nacionalismo por la hegemonía del poder político se decanta hacia ERC. Quizá sea el inicio de esa salida.

Mirar los trenes chocar, Antoni Puigverd, La Vanguardia, 6.02.17

Mirar los trenes chocar

ANTONI PUIGVERD
LA VANGUARDIA, 6.02.17

El choque empieza hoy. Con el juicio de Mas los trenes empiezan a tocarse. En Twitter, la retórica independentista sostiene que todos los presidentes de la Generalitat han pasado por el aro de los tribunales españoles: Macià, Companys, Tarradellas, Pujol, Mas. Se olvidan de Maragall y Montilla. Este olvido es una de tantas demostraciones del triunfo ideológico del pujolismo. Que Pujol ahora aparezca como un apestado no significa que su enorme legado haya desaparecido. Son muchas las visiones del catalanismo. Las hay compatibles con España, pero la que ahora triunfa da por hecho que la catalanidad, en España, está condenada a muerte y que sólo sobrevivirá liberándose.

La España autonómica debía permitir la revitalización de la pluralidad cultural y una política fiscal y de infraestructuras que, rompiendo con la lógica única de un Madrid de estilo París, no pusiera trabas al desarrollo de otros ejes como el catalán. Pero ese intento (perjudicado desde el 23-F y destrozado por Aznar) se fue al garete con la sentencia del TC sobre el Estatut. Por consiguiente, también se fue al traste la corriente catalanista que defendía una visión inclusiva y plural de Catalunya y de España. La corriente-puente quedó hundida.

Ahora el pleito enfrenta a dos esencialismos: el catalán, de raíz pujoliana; y el español de matriz castellana que considera anómalo todo aquello que no responda a una visión tradicional de España regada por dos dictaduras. Una visión que ahora, ciertamente, viene edulcorada con grandes dosis de liberalismo (un liberalismo más retórico que fehaciente, ya que da cobertura a un capitalismo que no se sostendría sin el apoyo del estado). Un liberalismo que usa sin complejos todos los recursos del Estado para impedir el reparto del poder concentrado en Madrid, así como para bloquear lo que más beneficios aporta a Alemania: la competencia y la corresponsabilidad entre länder.

Estas dos corrientes esencialistas buscaban la hegemonía; la tienen. Buscaban derribar los puentes; lo han conseguido. Durante estos últimos años se han dedicado a buscar argumentos denigratorios de la otra parte, a aumentar las miserias del adversario con enormes lupas mediáticas. Era necesario que todos nos posicionáramos a favor o en contra de las mil y una maldades que unos y otros se reprochan (por ejemplo: las triquiñuelas en el sótano del exministro Fernández Díaz o lo que pueda haber de verdad en los discursos del exjuez Vidal). El estrés argumental ha obtenido su beneficio: en la sociedad española nadie duda de que Catalunya está en manos del victimismo, la mafia nacionalista y el egoísmo recalcitrante. De la misma manera que son gran mayoría en Catalunya los que están convencidos de que el Estado pretende hacernos pagar la factura, dejarnos a pan y agua y estrangular nuestra identidad. Este planteamiento lo justifica todo: el recurso obsesivo del PP a la justicia para resolver un pleito que viene de siglos; y la decisión catalana de quemar los barcos legales y avanzar contra viento y marea.

Por supuesto, argumentos de menor peso, mezquinamente partidistas, también han influido en la evolución del conflicto. Por ejemplo: los cambios de camisa de Artur Mas (desde la tecnocracia al independentismo, pasando por la negociación con Zapatero del Estatut que se redactaba en Barcelona); o la instrumentación electoral que el PP ha hecho de la catalanofobia, un sentimiento negativo que, por más que se niegue, está documentado en España desde Quevedo en el siglo XVII.

La posibilidad de buscar una transacción parece imposible cuando los trenes comienzan a chocar. Pero cuando todo esto acabe, habrá que volver a probarlo. No sé en qué condiciones porque, aunque pueda parecer a priori que la desobediencia soberanista encontrará el límite en la fuerza del Estado, no sabemos qué hechos y dinámicas desencadenará durante meses una movilización tenaz y regular similar a la que hoy tendrá Artur Mas.

Los que no creemos que pueda salir nada bueno de un choque de trenes, ¿cómo tenemos que afrontarlo? En primer lugar, colocando el corazón en el congelador, conscientes de que la conflagración tiene un enorme radio de influencia, que a todos puede arrastrar. En segundo lugar, con actitud autocrítica: después de la sentencia del TC en el 2010, los partidarios de la moderación y el diálogo se dedicaron a tocar el violín. Puesto que el vacío en política no existe, los partidarios de la ruptura accedieron a la dirección de los catalanes. Después del choque, la causa de la moderación y el diálogo exigirán mucho más que palabras. Exigirán coraje, constancia y ­claridad. Los violines son para la orquesta. Las ideas, los periódicos y la política se ­hacen con claridad, valentía y determi­nación.

En tercer lugar, debemos tener dis­po­sición hospitalaria. El día después, cuando el paisaje político catalán esté lleno de ­ruinas (inhabilitación, decepciones, fracturas internas, etcétera), habrá que volver a reunir el país en torno a proyectos po­sibles, sin reproches mutuos ni exclusiones. El país no se puede permitir volver a ­perder unas cuantas generaciones de ­golpe.

Ilusionismo ‘procesista’, Rafael Jorba, La Vanguardia, 3.02.17

Ilusionismo ‘procesista’

RAFAEL JORBA
LA VANGUARDIA, 3.02.17

Santiago Vidal justificó sus declaraciones sobre la supuesta agenda oculta del proceso independentista con estas palabras: “Hace falta generar ilusión y ver que se están haciendo cosas”. Sus charlas en ciudades y pueblos de Catalunya tenían como finalidad elevar la moral de la gente.

Es decir, actuaba como aquellos cantantes de mis años mozos que hacían bolos en las fiestas mayores durante el verano. En el repertorio figuraba siempre la canción Rosó, de la comedia musical Pel teu amor, popularizada por Emili Vendrell.

Su estribillo decía así: “Rosó, Rosó, llum de la meva vida,/Rosó, Rosó, no desfacis ma il·lusió”. El exjuez trataba sólo de vender ilusiones sobre el incierto camino hacia la independencia, se ajustasen o no a la realidad,en sintonía con la definición de posverdad: “Relativo o referido a circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la opinión pública que las emociones y las creencias personales”.

Demos por buena esta explicación, es decir, que las afirmaciones de Santiago Vidal respondían más al ilusionismo procesista que a la realidad de los hechos. La vía hacia la independencia, desde esta lógica, sería un camino de rosas. Se trata de una perspectiva que contrasta con la del independentismo político de primera hora: la secesión es posible, pero hay que asumir sus costes, es decir, una larga travesía del desierto.

La ilusión independentista de Santiago ­Vidal casa con aquella profecía de Francesc Pujols, según la cual llegará el día en que los catalanes viajaremos por el mundo y lo tendremos todo pagado. Este filósofo catalán, maître à penser de Salvador Dalí, la formuló en su obra Concepte general de la ciència ­catalana (1918). Reproduzco en catalán los términos exactos de su predicción: “ Tal vegada no ho veurem, perquè estarem morts i enterrats, però és segur que els qui vindran després de nosaltres veuran els reis de la Terra posar-se de genolls davant Catalunya (…) Molts catalans es posaran a plorar d’alegria; se’ls haurà d’assecar les llàgrimes amb un mocador. Perquè seran catalans, totes les seves despeses, on vagin, els seran pagades. Seran tan nombrosos que la gent no podrà acollir-los a tots com hostes de les seves vivendes, i els oferiran l’hotel, el més preuat regal que se li pugui fer a un català quan viatja. Al cap i a la fi, i pensant-hi bé, més valdrà ser català que milionari”.

Hasta aquí la tesis ilusionista sobre las confesiones de Santiago Vidal. Ojalá fuese cierta. Existe, sin embargo, una segunda tesis que tampoco hay que desechar: el exjuez ha dicho en voz alta lo que los teóricos del proceso dicen (y escriben) en voz baja. Fue el president Mas, en vísperas de firmar el decreto de convocatoria del 9-N, quien teorizó esta táctica: “David no venció a Goliat por su fuerza, sino por su habilidad y astucia”. Y, desde entonces, la astucia ha sido la pauta de conducta de los impulsores del proceso. El último capítulo: el pacto secreto en el Parlament entre los grupos de Junts pel Sí y la CUP sobre la ley de transitoriedad jurídica o de desconexión. En resumen, el proceso se mueve entre la utopía ilusionista de Santiago Vidal y la distopía de la astucia pregonada por Artur Mas. Pintan bastos.

¿Drama?, Antoni Puigverd, La Vanguardia, 18.01.17

¿Drama?

ANTONI PUIGVERD
LA VANGUARDIA, 18.01.17

El choque se divisa. Ya no puede evitarse. Los dados fueron lanzados y el catalanismo atravesó el Rubicón. Inmóvil y pétreo, el gobierno español respondió con la fiscalía y empujando el TC a tareas represivas. Los juicios en curso ya no pueden detenerse, ni tampoco la vigilancia del TC sobre el Parlament y el Govern. Se acerca uno de estos dos finales: o bien la capacidad de movilización del independentismo se hace merecedora del adjetivo “gandhiano”, pues consigue parar el país y suscitar una intervención europea; o bien, el independentismo termina la aventura trasquilado por los jueces y políticamente impotente.

Ya nada puede aplacar la lógica de los hechos. Todo lo que ahora leemos y escuchamos equivale a la música que la banda tocaba, en las guerras de antes, cuando los ejércitos ya habían comenzado a avanzar el uno contra el otro. Música para estimular los ánimos de la soldadesca. El president Puigdemont, indiferente a una hipotética inhabilitación, pronuncia encendidos discursos; Romeva sostiene ante el Parlament que su conselleria se está convirtiendo en el ministerio del nuevo estado; y los exegetas del procés siguen descubriendo nuevas razones para abandonar España.

Oficialmente, nadie duda nada de que la independencia está a la vuelta de la esquina. Por consiguiente, si la CUP da el visto bueno a los presupuestos, el referéndum será convocado y firmado por el presidente y por el vicepresidente. Como es sabido, esta convocatoria será impugnada. No especulamos sobre la respuesta de los catalanes, pero subrayemos un hecho curioso: si el decreto de convocatoria implica la inhabilitación de los convocantes, Junqueras tampoco podría presentarse a las elecciones. Esto hace leer de otra manera la insistencia de Puigdemont a arrastrar a Junqueras a la pira.

“Catalunya no será independiente, pero los independentistas se dirigen hacia el drama para poder justificar su derrota”, decía el otro día Gallardón, anunciando la victoria del estado. El intento de quemar a Junqueras parece darle la razón (ahora bien, no deja de ser pintoresco que el alcalde que dejó Madrid con una deuda estratosférica de 7.366 millones tenga el descaro de discursear). El PP ha sido actor principalísimo del drama que Gallardón da por hecho: después de impugnar el Estatut descabezado por el TC en el 2010, cerró todas las salidas. Por supuesto, si el drama se produce, la retórica del diálogo tendrá un regusto cínico y ventajista. Ni placebo será. El drama catalán no repercutirá menos en España.

Cuando las fuerzas no son claras, plantear la batalla en términos de vida o muerte puede ser un deseo comprensible del corazón, pero es sorprendente que se haya convertido en la única estrategia. Los clásicos consideraban el delirio como una expresión más de la lucidez: hay que saber administrarlo, sugerían. Pero no adelantemos acontecimientos, tal vez quien está delirando es este comentarista. En una de sus novelas más divertidas (Henderson, el rey de la lluvia; Debolsillo), Saul Bellow sostiene que “en la época de la locura, creerse libre de la locura es una forma de locura”.